Para un Islam del
siglo XXI
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El Islam del siglo
XXI no puede ser más que el Islam eterno. Pues el Islam no es una religión entre otras, sino la religión
fundamental y primera desde que Dios, como está dicho en el Korán
“ha insuflado en el hombre su espíritu”
(XV, 29). Desde Adán hasta nosotros. No hay Islam de
Occidente, o Islam del Africa Negra, Islam de Arabia, o Islam de la
India o de Indonesia. No hay más que un solo Islam.
El que llama el Corán
“la sunna de Dios”, la continuidad de las revelaciones proféticas y del último mensaje, el
de
Muhammad. Nuestra tarea
primordial es de atestiguar nuestra fe islámica viviéndola en su universalidad. Y no de defender un folklore y unas
tradiciones particulares. El profeta Muhammad
jamás ha pretendido
crear una religión
nueva: “No soy un
innovador entre los profetas”. XLVI, 9; XLI, 43, etc.... Viene a recordar a
todos los hombres la religión primordial: “sé fuerte, como un
verdadero “hanif”, que profesa la religión primordial, la religión natural, la que Dios ha inscrito en el corazón de todo hombre.
Es un don universal e inmutable que Dios ha dado a sus criaturas. Tal
es la verdadera religión,
sin embargo la mayoría de los hombres lo ignoran”. (XXX, 30). “Decid: Creemos
en Dios, en lo que nos ha sido revelado, en lo que le fue revelado a
Abraham, a Ismail, a Isaac, a Jacob, y a las tribus. Creemos en lo que
le fue dado a Moisés, a Jesús, y a lo que se le
otorgó a los
Profetas de su Señor. No hacemos distinción alguna entre ellos y lo sometemos a Dios”. (II, 136; III, 84) El profeta Muhammad
ha sido enviado por Dios, para confirmar los mensajes anteriores,
purificándolos de las
alteraciones históricas,
a las que han sido sometidos, y completarlos.
Se le exige a todo
musulmán que honre a todos
los profetas anteriores, lo que implica el conocimiento de ellos. Así lo dice el Corán:
“Si tienes duda
sobre lo que te hemos revelado, pregunta a los que leían la Escritura revelada anterior a ti”. (X, 94). Nuestra fe será empobrecida si la
proclamamos como la mejor, ¡simplemente porque ignoremos las restantes!
El encerrarnos en
nosotros mismos, la vanidad y la autosuficiencia, son actualmente obstáculos mayores en la
difusión del Islam en el
mundo no
musulmán.
El mensaje esencial
y universal del Islam denominador común de todas las religiones y de todas las sabidurías del mundo es el
siguiente: - de la
trascendencia y de la unidad de Dios, - de la comunidad
de los hombres, - de su
responsabilidad. a) La trascendencia, es: 1) La seguridad de
que Dios es único
(Tawhid) “Si existieran más dioses que Dios, sería el caos” (XXI, 20). Y que está por encima de toda
realidad humana. 2) Que El es el
Creador de todas las cosas, por consecuencia, no nos bastamos con
nosotros mismos: “el hombre se convierte en un ser impío en cuanto se
considera
autosuficiente”. (XCVI, 6-7). 3) De este
principio de unidad y de esta conciencia de nuestra “dependencia”
del Dios Creador (la “autosuficiencia” siendo lo contrario de la
trascendencia), fluye el tercer aspecto de la fe en la trascendencia:
el reconocimiento de los valores absolutos por encima de los intereses
egoístas de los individuos, de los grupos y de las naciones.
b) La segunda revelación del mensaje, es: después de la trascendencia, la “comunidad” (Umma). El principio de
la comunidad, es lo contrario del individualismo. Para el
individualismo, el hombre (como individuo) es el centro y la medida de
todas las cosas. En la perspectiva islámica de la comunidad, cada cual tiene conciencia de ser personalmente
responsable de todos los demás. La humanidad es una
porque Dios, su Creador, es uno. Todos los hombres tienen el mismo
origen y son creados para el mismo fin. “Todos los hombres
constituyen una misma comunidad”. (II, 213). c) La tercera revelación del mensaje: después de la trascendencia y la comunidad, es la responsabilidad. El Islam es lo
contrario del fatalismo y de la resignación. Es una fuerza subversiva e innovadora porque incluye
únicamente sumisión de la voluntad de
Dios y hace que el hombre sea responsable del cumplimiento de la orden
divina sobre la tierra. Todo, en la
naturaleza, está sometido a la ley
de Dios,
“muslim” (musulmán, es decir “sometido a Dios”):
una piedra en su caída, un árbol
en su crecimiento, un animal en sus instintos, están
“sometidos” a la ley de Dios. “Nuestro Señor es el que ha dado a cada cosa su forma y su ley, y la
ha guiado hasta su pleno desarrollo”. (LXXVII, 1-3). El hombre únicamente tiene el
terrible privilegio de poder desobedecer: “Hemos
propuesto este mandato (de la fe, de la libertad, así pues de la responsabilidad. R.G.) a los Cielos, a la
tierra, y a las montañas. Todos han rechazado a
asumirlo; todos han temblado al recibirlo. Excepto el hombre ha
aceptado ese cargo, aunque injustamente y en la ignorancia”.
(XXXIII, 72). Si se convierte en
“Musulmán, es
decir, si responde incondicionalmente a la llamada de Dios, según el ejemplo de
Abraham
“el Padre de la fe” (XXII, 78) por su aceptación a ser guiado por Dios y por su supremo sacrificio, lo
hace por un acto voluntario, libre, responsable. Es por lo que Dios
hace que los Angeles se inclinen ante él, los
cuales, no tienen el poder de desobedecer (II, 34) “Cuando haya
insuflado en él Mi espíritu, postraros
ante
él”. (XV, 29; XXXII, 9; XXXVIII, 72). Cuando, en el Corán, se dice:
“No a la enemistad en materia religiosa”. (II, 256), no se trata únicamente de
excluir la enemistad física,
militar o policial, sino también toda inquietud interior, espiritual:
el Corán subraya:
“La verdad emana de vuestro Señor, así
pues el que quiera que crea y el que no que permanezca incrédulo”
(XVIII, 290). También Dios dice: “Le hemos mostrado el camino
justo, que lo acepte con agradecimiento o que lo rechace”. (LXXVI,
3). Dios, nos dice el
Corán, ha hecho del
hombre su
“Califa” sobre la tierra. Un Califa no es un ejecutante subalterno y
pasivo, es un dirigente responsable, encargado de tomar decisiones.
Esta función
no es primacía de algunos: es la tarea de cada musulmán: “Vosotros los
creyentes, sois responsables, de vosotros mismos”. (V, 105). Proclamar: “Allah
Akbar” (Dios es el más
Grande), es relativizar todo poder, toda riqueza y todo saber. Ante este grito de
fe, hemos visto bajar las armas de las más insolentes armadas. La necesidad de
este mensaje se ha convertido hoy en la más evidente quiebra espiritual del Occidente.
Miles de hombres y
mujeres en el mundo, sea cual sea su fe, si aman el futuro, toman
conciencia de que la civilización
ha caído
en quiebra, y que, si nos abandonamos a sus abatimientos, nos
conduce a un suicidio planetario.
La deuda de los
llamados países
“del Tercer Mundo” se agrava de año en año, y la separación no cesa de acrecentarse: el Norte siendo cada vez más rico y el Sur
cada vez más pobre.
Después de cinco
siglos de hegemonía
sin reparo del Occidente en el mundo entero, no sabríamos imaginar una
gestión tan desastrosa
del planeta.
La profunda, causa
de esta política
del Occidente, desde lo que denomina su
“Renacimiento”,
es decir, desde el nacimiento simultáneo, en Europa, en el siglo XVI, del capitalismo y del
colonialismo, es el abandono de la fe por la voluntad del poder.
A partir del
instante en quién en una comunidad no reconoce, para encaminar la
acción, unos valores
absolutos, ya no resta más
que los enfrentamientos de las voluntades de poder, voluntades de
placer, y voluntades de crecimiento. Es la guerra de todos contra
todos. El Occidente se encuentra aquí. Su verdadera religión es la fe ciega en un dios escondido: el acrecentamiento, es decir, el
deseo de producir más y más, y cada vez más deprisa, no importa que cosa
útil, inútil, nos sirva o mortal, como el armamento, que es una de las industrias más
“rentables”. Este dios escondido es un dios cruel: exige sacrificios
humanos. Lo que caracteriza
el culto de este falso dios, es que exalta la capacidad del hombre
contra la trascendencia de Dios, y el individualismo contra la
comunidad. La “presunción” del hombre está proclamada, desde
el Renacimiento, en el “Fausto” de
Marlowe: “Hombre, por tu poderoso cerebro, conviértete en un dios,
dueño y sñor de tolos
elementos”. El individualismo,
es la vuelta, desde el pretendido “Renacimiento”, a la máxima de los
sofistas de la antigua Grecia: “El hombre es el centro y la medida de todas las cosas”.
Esta quiebra de una
civilización
ha engendrado una cultura de desesperanza.
Los falsos profetas
de la nada y del absurdo, reflejan este caos como si fuera inevitable
y eterno, en lugar de intentar superarlo; enseñan a nuestra juventud que la vida
no tiene sentido. Si la vida no tiene
sentido, todo es lícito,
hasta el crimen. Y nos entregamos a todas las violencias animales
entre los individuos, los grupos, y las naciones:
“el
equilibrio de terror” se convierte en la ley de estas relaciones
bestiales entre los hombres, a todos los niveles de la vida social. La negación del sentido de la
vida y de la existencia de los valores absolutos han conducido a hacer
de la ciencia y de la técnica, admirables medios al servicio del
hombre, unos fines en sí mismos, intentando
hacernos creer que la ciencia y la técnica pueden resolver todos
nuestros problemas, y que los problemas que no se resuelven de ellas:
los del amor, de la belleza, del sentido de la vida, no existen. Esta “religión de medios”,
erigiendo unos medios para sus fines en sí, es decir, creando falsos dioses;
ciencia,
técnica, Estado, dinero, sexualidad, desarrollo, ha creado un nuevo
politeísmo y nuevas
supersticiones, transformando la ciencia en positivismo, la técnica
en tecnología, la política en
maquiavelismo.
El problema
fundamental es, pues, devolver al hombre sus dimensiones propiamente
humanas: la fe en la trascendencia de dios, en la comunidad humana, y
la conciencia de nuestra responsabilidad personal. Decir que el Islam
puede actualmente aportar respuestas a los problemas planteados por la
quiebra de la hegemonía
occidental no significa: - que pueda
llevarlo a cabo solo; - que guarda
soluciones preparadas para los problemas de nuestro tiempo. Contrariamente, los
dos principales obstáculos para el florecimiento actual del Islam son:
a) La presunción y la ignorancia de
los otros: El Islam mañanero, el del primer siglo de
la
Hégira, se extendió, en menos de un siglo, desde el Indo a los Pirineos, no por la conquista
militar, sino porque supo integrar todas las grandes culturas
anteriores y extraer una síntesis inédita creadora, y porque millones de creyentes de todas las
religiones se han identificado con él. El Islam sólo puede reemprender su marcha por su apertura a todas
las sabidurías
y a todas las creencias, que pueda reunir. b) El triunfalismo, la presunción mortal de poseer
respuestas hechas, formuladas mil años
atrás
por sus
juristas y sus tradiciones.
Decir que el Corán no ha
“omitido nada” es decir que nos ha dado "un sendero" eterno,
que ha designado los últimos y absolutos fines de nuestra acción. Lo que no excluye la responsabilidad,
para el hombre, de descubrir a cada
época,
en condiciones siempre nuevas, los medios de realizar estos fines. Sería reducir
irrisoriamente el mensaje eterno a unas instituciones o teorías que pasan, de aprender extraer del Corán o de la Sunna una
economía política resuelta, una
constitución
política,
o una enciclopedia. El mensaje revelado
nos aporta infinitamente más: los fines, los principios directores eternos, inmutable, encaminando
nuestra vida interior y todas nuestras acciones, públicas o privadas,
para elaborar, en cada época, por medio
de su interpelación
siempre nueva, las respuestas a los problemas de la economía de la política y de la
cultura de nuestro tiempo. Estos principios son simples: - en el plano económico: sólo Dios posee; - en el plano político: sólo Dios gobierna; - en el plano
cultural: sólo Dios sabe. 1) Sólo Dios posee: “Todo lo que está en el cielo y la
tierra pertenece a Dios” dice el Corán (II, 116-284; III, 109, etc...).
El hombre, su
califa sobre la tierra, está encargado
de dirigir, en (el camino) de Dios, esta propiedad. Esta concepción es opuesta a la
del derecho romano que define la propiedad como
“el
derecho de utilizar y de abusar”. Para el musulmán por el contrario,
los deberes son anteriores a los derechos. El hombre,
responsable de la propiedad de Dios, no puede disponer de ella a su
gusto: no puede destruirla según
su capricho, no puede gastarla, no puede dejarla en baldío, sin darle
productividad por su trabajo, no puede amontonarla:
“Anuncia
un doloroso castigo a los que atesoran el oro y la plata sin gastar
nada en el camino de Dios” (IX, 34). Y la peor maldición, en el Corán, es la que está formulada contra el rico
Abu
Lahab, al cual su misma fortuna le condena:
“que
sus dos manos mueran, y que muera
él
mismo”, y es prometido a las llamas infernales” (Surat 111). Todas las
prescripciones del Corán,
particularmente el “zakat”,
transferencia social de la riqueza como exigencia religiosa, y la
prohibición del
“riba”, es decir, de todo enriquecimiento sin trabajo al servicio de
Dios, tienden a impedir la acumulación de la riqueza en un polo de la
sociedad y en el otro la miseria. Dios, en el Corán, excluye
radicalmente todo régimen social en el cual el dinero sería el fundamento de una jerarquía política. Dice, al
contrario, sin equívoco:
“Cuando queremos destruir una ciudad...hacemos a los ricos detentadores del
poder” (XVII, 16). 2) Sólo Dios gobierna:
El Profeta ha
creado en Medina una comunidad de tipo radicalmente nuevo, no es
basada en el linaje, ni en la raza, ni en la posesión de un territorio, ni en unas relaciones de mercado, ni siquiera en una
cultura común
o
una historia, en una palabra, sobre nada que emane del pasado, y que sea
una herencia recibida, sino una comunidad fundada exclusivamente en la
fe, sobre esta respuesta incondicional a la llamada de Dios, cuyo
ejemplo eterno nos ha dado Abraham. Tal comunidad está abierta a todos,
sin considerar el origen. Nada, por ejemplo,
es más contrario al espíritu de esta
“Umma” musulmana, que la idea occidental del “nacionalismo”, es
decir, de un mercado protegido por un Estado, y justificado por una
mitología racial, histórica, o cultural,
se tiende hacer de la “nación” un final en sí, en contradicción con la unidad humana (que es un caso particular del
“tawhid”, llave de la bóveda de toda visión islámica
del mundo). Así mismo el principio
coránico de la
“shura”, de la concertación exige que en todo dominio y a todos los niveles, los miembros de la
comunidad sean consultados para participar, bajo la mirada de Dios, en
la elaboración
y en la aplicación
de las decisiones de cuyo destino depende. Este principio excluye a la
vez todo el despotismo de un hombre, de una clase o de un partido, así como toda forma de
democracia puramente estadística, delegada y alienada.
Como para la economía, nos atañe descubrir los
medios para alcanzar estos fines, para aplicar estos principios
inevitables en las condiciones históricas inéditas de nuestras sociedades, combatiendo el positivismo tecnocrático, el
maquiavelismo político, los
enfrentamientos nacionalistas arcaicos y perversos, los intercambios
desiguales, la polarización
de los bloques, y los equilibrios del temor. 3) Solo Dios sabe: Al mismo tiempo que
debemos guardarnos del triunfalismo esterilizador y de la ilusión que se pueda
encontrar en el pasado, y sin esfuerzo de reflexión y de búsqueda, unas soluciones económicas para resolver nuestros problemas actuales, o bien una constitución política resuelta, sería pueril reducir el
Corán a no ser más que una
Enciclopedia, dispensando el esfuerzo encarnizado de búsqueda científica y técnica que hizo el mundo islámico el centro
radiante de la cultura mundial en tiempo de la Universidad, esfuerzo
de traducción y de asimilación de todas las
grandes culturas del pasado, de Grecia y de Roma, de Persia y de la
India, según la obligación islámica de ir a buscar
la ciencia hasta China, nació una síntesis
original y una cultura orientada por la fe. El principio de
base es que,al igual que sólo Dios posee, sólo Dios gobierna y sólo Dios sabe. Lo que excluye la
pretensión faraónica de usurpar
todo poder de Dios o la ilusión de conservar un saber adquirido,
absoluto,
alcanzando un conocimiento de causas primarias de
últimos f. El ejemplo de la
Universidad Musulmana de Córdoba,
en el siglo X, constituye, bajo este punto de vista, un modelo con el
cual conviene hacer revivir el espíritu para desarrollar, en nuestra
época,
las ciencias de tal forma que no sirvan para la destrucción del hombre, sino
para su expansión
hacia el camino de Dios. De esta Universidad
Musulmana de Córdoba,
desde el s. X al XIII, ha florecido la cultura en su forma total bajo
tres aspectos: - La
ciencia: creando un método
experimental para descubirir las relaciones entre las cosas y la
interrelación de las causas; - La
Sabiduría: como reflexión sobre el sentido de cada cosa, de su relación con Dios, en un mundo armonioso y
único, donde la vida
tiene una significación y una meta; - La fe:
como testigo de que la ciencia no alcanza jamás la causa primera, ni la sabiduría el
último final. La fe
como conciencia de nuestros límites y de nuestros postulados. La fe como razón sin fronteras. Tal concepción de la ciencia y
de las técnicas permitiría hoy, y es lo que hace su actualidad, impedir a las ciencias y a las
técnicas de conducirnos a un suicidio planetario. ¿Cómo
trabajar en este renacimiento del Islam? Primeramente
aprendiendo a leer el Corán,
la
“sunna de Dios”, y la del Profeta, como el Corán nos ordena leerlo: No leer el Corán ni la Sunna con
ojos de muerto. Dios ha dictado el
Corán. Han inspirado al
Profeta. Sin embargo, son
hombres que han escuchado e interpretado la “Sunna de Dios” y del
Profeta. Hombres de fe y juristas pertenecientes a una época
determinada de la historia. Nos aparta de los estudios con respeto y
con toda nuestra fe, con el deseo de resolver, según
su ejemplo, nuestros problemas inspirándonos unos métodos que pusieron en marcha para vivir
el Corán
en el nuevo imperio árabe, es decir, en unas condiciones históricas profundamente diferentes de la comunidad de Medina. No debemos
dividirnos entre musulmanes tomando parte en querellas de otras
épocas. Los que actualmente dividen a los sunnitas de los chiítas son enemigos de todos los musulmanes. Pues no existe
más
que un Islam. No debemos tomar
parte entre escuelas jurídicas,
porque cada una ha intentado resolver los problemas
de otros tiempos y de otros pueblos. La tarea no era de resolver los
nuestros, ni la de eludirnos de esta responsabilidad.
El Profeta Muhammad
ha aportado un mensaje eterno y universal, dirigiéndose a todas las
familias de la tierra. Está dicho en
el Corán
“Dios está presente
en cada realidad nueva” (IV, 29). Y no cesa de crear (XXXV, 81). Es
el Viviente (II, 255). No se dirige a seres muertos: debemos responder
a esta interpelación
eternamente viviente. Sin imitación del Occidente. Sin imitación del pasado. Consiste en imitar
al Occidente desligando más de 6.300 versículos del Corán, 220 versículos legislativos y tratándolos según
los métodos juristas romanos, es decir, tomarlos literalmente como
unos artículos de leyes y
deducir mecánicamente la
aplicación, cualquiera que
sea la
época y la circunstancia. La
revelación del
Corán es opuesta al derecho romano. El derecho romano
anuncia leyes abstractas de donde no queda más que deducir, por vía de silogismos, a la manera de Aristóteles, las
consecuencias aplicables a tal o cual caso concreto. La revelación del Corán nos da ejemplos
concretos de soluciones aportadas a un problema histórico determinado a
partir de unos valores absolutos, de unos principios inevitables y
eternos del mensaje. Dios nos dice: “Hemos
propuesto a los hombres, en este Corán, toda clase de ejemplos. Probablemente reflexionarán” (XXXIX, 27). Esta “reflexión” sobre los “ejemplos”
no debe ser una deducción mecánica,
una caída
del principio a sus consecuencias, sino, al contrario,
una elevación, a partir del ejemplo histórico concreto, al principio eterno, absoluto, que ha inspirado esta solución
y después de haber “reflexionado”, volver hacia lo concreto para
encontrar, por analogia, una respuesta o un problema histórico nuevo, inédito. De tal manera, por
ejemplo, procedía
Abu Hanifa para resolver los problemas que se planteaban en una
sociedad radicalmente diferente de la Sociedad de Medina, es decir, en
una sociedad que había
conocido una monarquía centralizadora y una cultura que ignoraba el Hedjaz. Este sabio jurista
no se dejó contaminar por los
métodos deductivos del derecho romano. Esta actitud exige
que se encuentre, detrás de cada prescripción del Corán
o de la Sunna, su razón de ser, el principio que lo ha inspirado y las condiciones históricas en las cuales
ha sido aplicado. Y, sobre todo, y más aún,
que se sitúe
cada uno de estos pasos en el
conjunto de la revelación
del Corán.<O:P</O:P
De esta manera
procedían el Profeta, los
califas "bien guiados", los primeros grandes jurisconsultos:
por encima de esta aplicación
literal de los versículos, separados del contexto histórico, en el cual
habían descendido, y
del conjunto de la revelación, ellos saben y debemos recordar que cada versículo del Corán es una bajada de
lo Eterno en la historia. "Contar la mano del ladrón", dice el
Corán (V,38). El califa Omar Ibn
Khattab no dudaba, por tanto, en suspender la aplicación de esta pena en periodos de hambre. Según un hadiz del
Profeta: "Dios retira su protección a cualquier comunidad en la cual se encuentra un hombre
hambriento". Abu Dawud y Nassai nos cuentan que, exigiendo un
propietario que se le cortara la mano a un desgraciado por habler
robado unas espigas de trigo en su campo, el Profeta respondía: este hombre tenía hambre y tú no lo has alimentado. Y el mensajero de Dios ha dado al
injuriado el trigo necesario.
Está claro que, para el
Profeta como para Omar Ibn Khattab, la justicia social es un valor islámico más elevado que la
defensa de la propiedad. Es significativo
que en el curso de la historia, y hasta nuestros días, los privilegiados de la riqueza y del poder hayan
invocado más
a menudo el versículo,
diciendo que se debe cortar la mano del ladrón, que el de la Sura 111, diciendo literalmente que se
debe cortar las dos manos a aquél que acumule riquezas. La reivindicación, perfectamente
legítima de acabar con
el derecho europeo impuesto por los viejos ocupantes colonialistas y
de aplicar la "Shariat" para encontrar una verdadera
identidad islámica, es a menudo
transformada por estos privilegiados de la riqueza y del poder.
Comenzar la
aplicación de la
"Shariat" por las sanciones antes de haber realizado una
justicia social, donde nadie sería
conducido al robo por la miseria y el espectáculo de lujo ostentoso de parásitos, es comenzar
por el final y traicionar el espáritu del Corán, en el cual hemos mostrado cómo el Profeta y Omar ibn Khattab lo llevaban a cabo
castigando no al ladrón empujado por la necesidad, sino al rico que
no
lo había
alimentado, ni vestido, ni instruido. Las caricaturas de
aplicación de la
"Shariat" son más
graves en nuestra época, que el
robo: el "riba" y la acumulación de riquezas, han tomado formas mucho
más complejas y
diversificadas que en el tiempo de la comunidad de Medina. La fortuna
adquirida por el juego y sus variantes modernas: la especulación comercial o bursátil, por el funcionamiento normal del sistema
capitalista, que legaliza este prevalecimiento parasitario sobre el
trabajo de la comunidad, es un robo a gran escala.
Aplicar al pie de
la letra una prescripción
moral, formulada en una sociedad complacida de identificar al ladrón en una
época como la nuestra, en donde sólo el pequeño ladrón puede ser definido por estos criterios, es hacerse cómplice del robo
legal por una sociedad fundada sobre el "riba", como lo es
lsociedad occidental y golpear únicamente a los más débiles. Aplicar la
"Shariat", es aplicar la totalidad del Korán en cada instante
de la vida pública
o privada, es decir, llevar a cabo cada acto con la conciencia de
llevarlo a cabo bajo la mirada del Dios vivo, que
no la podemos engañar,
ya se trate de transacciones comerciales, de relaciones privadas o de
acción política. Aplicar la
"Shariat" no es cortar manos, es, para los individuos como
para los estados, vivir veinticuatro horas por día en la transparencia de Dios. Dios nos ha dado en
el Corán esta directriz
su: "Pacada mano de vosotros hemos
ordenado una ley divina (Shariat) y una vía abierta (minhaj)" (V,48). Comprometámosnos
ardientemente en esta vía
abierta (minhaj), para que la ley divina (Shariat) ordene el futuro,
como ella ordena la vida del Profeta y de los califas bien guiados. La palabra que en
el Corán señala la ley divina
(Shariat) es significativa: es Shariat "el camino hacia la fuente". En ese camino, es
responsabilidad de todos los musulmanes de crear, a la manera de los
pioneros del Islam, un "fikh" del siglo XXI, respondiendo a
los problemas de hoy desde nuestros principios eternos, a fin de
resolverlos mejor que ésos que rechazan la "guía" de Dios. Pues la ley es una creación incesante, cuando el Islam está vivo. Volver a la fuente
no es entrar en el futuro, retrocediendo la mirada fijada en el
pasado. Es, por el contrario, descubrir el estremecimiento vivo de la
fuente sobre siglos de comentarios que han erigido una muralla entre
el mensaje y nosotros. La ley divina, la
Shariat, no es el agua de la fuente captada y fijada en un estanque.
La Shariat es un hermoso río
chispeante, corriendo de época en época y fecundando sus orillas siempre
nuevas. Es yendo hacia el
mar que un río
es fiel a su cauce. Acordémonos, como escribía un hombre que tenía que luchar contra la esclerosis de su propia tradición, que ser fiel al
lugar de sus antepasados no es conservando las cenizas, pero sí transmitiendo la
llama. La práctica del Islam no
se limita a algunos momentos de la vida: ella en sí engloba todos los actos. La profesión de fe, el salat,
el zakat, el ayuno y la peregrinación no son ritos, sino el recuerdo de su manantial a la
vida musulmana, el tronco de este
árbol en el que todos los actos de nuestra vida personal
y pública
son las ramas y los frutos. El problema del
futuro de los Musulmanes, se plantea, pues, en términos muy simples y
muy claros: o bien se muestran capaces de resolver los nuevos
problemas, en un sentido que no conduzcan el mundo a la muerte, y el
Islam volverá a tomar su vuelo
victorioso como en los tiempos donde él resolvía, en el primer
siglo de la Hégira, los problemas expuestos por la decadencia de dos
imperios, de Bizancio y de Persia; o bien entrarán en el futuro retrocediendo, los ojos fijos en el
pasado, rebatiendo los comentarios y los comentarios de los
comentarios, sobre los problemas jurídicos que se planteaban en el tiempo de los omeyas y de los abasidas.
Nuestras tareas más
urgentes podrían
ser éstas: publicar una colección de novelas, uniendo la doble e indivisible exigencia
de rigor científico
y de inflexibilidad de la fe, para hacer la crítica constructiva de pretendidas creencias humanas (en
particular, la Economía Política,
la Historia y la Sociología) y dejando al desnudo sus postulados de base, e integrando sus
adquisiciones en la perspectiva de nuestra concepción islámica, no haciendo
jamás abstracción de la dimensión trascendente del
hombre: elaborar planes de orientación de la búsqueda
científica,
definiendo como prioridad, no el poder, la alegría o el desarrollo, sino el expansionamiento del hombre,
crear una escuela de periodistas de un nuevo tipo, donde el
"hecho" periodístico,
en la prensa o la televisión no sean elegidos según los criterios comerciales del sensacionalismo, del erotismo o de la
violencia, sino según el criterio islámico de la lectura de los "signos" de Dios en la historia y, con
estos periodistas de un nuevo tipo, arrancados de las deformaciones
profesionales occidentales, crear una Agencia panislámica
de prensa; restaurar, en Córdoba mismo, los principios directores de la Universidad Musulmana de Córdoba, no separando
jamás la ciencia de la
sabiduría y de la fe, y
hacerla renacer a una vida nueva para responder a las necesidades de
la cultura
de donde actualmente depende el futuro y, así mismo, la supervivencia del planeta tierra; en fin,
nosotros somos capaces de aportar nuestra contribución mayor a la solución de los problemas
de nuestro tiempo, llamar a los hombres de todas las sabidurías y de todas las
creencias, judíos,
cristianos, hinduistas o humanistas, conscientes de que el hombre no
puede ser suficiente a sí mismo, a colaborar juntos por salvar el mundo de la quiebra moral y de la
muerte, restaurando el hombre la conciencia de su dimensión divina. Ningún particularismo,
ningún tradicionalismo
debe enmascarar esta universalidad del Islam y su misión de reunir a los hombres de todas las sabidurías y de todas las
creencias para salvar al mundo de las derivaciones que le llevarían a la muerte. Como escribía el gran poeta
turco Nazim Hikmet:" "Si yo no
ardo, Si tú no ardes, Si nosotros no
ardemos, ¿Cómo
podrán
resplandecer las
tinieblas? |
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