Al-ándalus I
(711-1010)
(Más un apéndice con el texto del Pacto deTeodomiro
y Abd al-Aziz Ibn Musa
Ibn Nusair y bibliografía esencial)
|
|
------------------------------------------------------------------------------------------------------ “A la
luz de lo dado a conocer en los últimos veinte años, es insostenible
la creencia de ciertos arabistas españoles de haber sido los
musulmanes ‘depredadores’ e ‘invasores’ de una España
previamente existente y que retornó a su ser prístino luego de ser expulsados tan
indeseables ocupantes (...).Quienes consideran a los musulmanes de al-Ándalus como ‘depredadores’ e ‘invasores’ de la
auténtica España,
proceden como quien pretendiera hacer visible el interior de una
cebolla despojándola de sus capas por pensar que bajo ellas se
encuentra el auténtico bulbo”. Américo
Castro “La
población nativa mayoritariamente arriana y la numerosa
comunidad judía
recibieron a los musulmanes como libertadores y comulgaron con su fe,
costumbres y tradiciones, que eran prácticamente las mismas que ellos tenían” R.H.
Shamsuddín
Elía
EL CALIFATO DE CÓRDOBA
Cuando se habla de
España
y el Islam, se suele hacer referencia a un concepto con claro
significado religioso y a otro con contenido muy directo, de carácter
lingüístico. Se habla así, de España
musulmana o de España árabe.
Sin embargo, en términos populares, con significado antropológico
físico en primer lugar, se habla de la España mora. La palabra
castellana moro viene, sin duda, del latín
"maurus", y del griego "mávros", que significa "oscuro",
"negro". Escritores latinos como Juvenal (60-140) y Lucano
(39-65) mencionan a los mauros, también conocidos como númidas, que constituían
en tiempos de Iugurta (160-104), un pueblo caracterizado por su energía
física
y belicosidad. Recordemos a la famosa caballería númida
empleada por los cartagineses en las guerras púnicas. La designación
étnica en suma, es muy antigua y al principio no tuvo el carácter
peyorativo, como lo adquirió después. Parece que la
palabra «morisco» se forma como «berberisco», y es un diminutivo
cariñoso,
que más tarde se empleó para identificar a
los hispanomusulmanes que permanecieron en la Península luego de la
caída
de Granada. Otros sinónimos son moruno,
morería,
almoraima, etc. La acepción de bereber, que
es otra forma de llamar a los moros, está relacionada con la
denominación utilizada por griegos y romanos para designar a los
pueblos extranjeros: bárbaros. En la
antigüedad clásica
el norte de Africa era conocido como Berbería o país
de los bereberes. El país de los mauros o
mauritanos se conocía como Mauritania, que luego fue provincia romana y hoy es una república
islámica. Los musulmanes de
los siglos VII, VIII y IX aplicaron el nombre de al-Ándalus a todas
aquellas tierras que habían formado parte
del reino visigodo: la Península Ibérica, la
Septimania francesa y las Islas Baleares. En un sentido más estricto,
al-Andalus comprenderá la parte de aquellos territorios administrados por el
Islam. Conforme avanzaba la conquista cristiana, su extensión
se iba reduciendo progresivamente y a partir del siglo XIII designó
exclusivamente al reino nazarí de Granada. La
prolongada resistencia musulmana granadina contra las incursiones
castellano-aragonesas permitirá que se fije el nombre de al-Andalus y se perpetúe
en el actual de Andalucía. El islamólogo
holandés Reinhart Dozy (1820-1883), autor de la famosa obra Historia
de los musulmanes de España (4 vols., Turner,
Madrid, 1994), impulsó la teoría que fue apoyada
por muchos historiadores modernos según la cual el nombre
de al-Andalus está relacionado con los Vándalos, suponiendo
sin ningún
fundamento, que la Bética pudo llamarse en alguna ocasión
Vandalicia o Vandalucía. Nosotros
compartimos la opinión del eminente filólogo español
don Joaquín Vallvé Bermejo, vertida en su trabajo erudito La
división territorial de la España musulmana (CSIC,
Madrid, 1986). Este dice que la expresión árabe
Ÿazirat al-Andalus (isla de al-Andalus)() es una traducción
pura y simple de "isla del Atlántico" o
"Atlántida"().
Los textos musulmanes que dan las primeras noticias de la isla de
al-Andalus y del mar de al-Andalus, se clarifican extraordinariamente
si sustituimos dichas expresiones por isla de los Atlantes o Atlántida y por mar Atlántico.
Lo mismo podemos decir del tema de Hércules y las Amazonas, cuya
isla, según
los comentaristas musulmanes de estas leyendas grecolatinas, estaba
situada en el ÿauf al-Andalus, lo cual cabe interpretar como al norte
o en el interior del Mar Atlántico. Diversos
malentendidos, provocados muchas veces por los historiadores españoles
y los hispanistas, conducen al neófito a llamar ‘españoles’
tanto a Viriato —en vez de lusitano—, a Pelayo —en vez de godo—,
a Averroes y Maimónides —en vez de andalusíes. Al respecto,
dice el investigador e historiador español Américo
Castro:"La palabra España era pronunciada en esa forma por el vulgo que hablaba
latín en la península hacia el año
300 d. de C.; español, por el
contrario, es vocablo venido del sur de Francia, del Languedoc, en el
siglo XIII, comenzado a usar en Provenza desde el siglo XII en la
lengua escrita (...) Según
queda dicho, en 1948 el profesor suizo Paul Aebischer (Estudios de
toponomia y lexicofría románicas, CSIC,
Barcelona, 1948) que español es voz originaria de Provenza (...) La palabra
"español" ofrece la particularidad de ser el único
gentilicio de nuestra lengua terminado en ol. Ya en el siglo pasado,
Friedrich Christian Díez (1794-1876), el
fundador de la lingüística romance, señaló
la existencia de españón en el poema de
Fernán
González, y apuntó la hipótesis
de que esta forma, paralela de borgonón, frisón,
bretón, etc., hubiera pasado a español por disimulación
de la n final respecto de la otra nasal, la ñ, que la precedía.
La explicación de Díez fue aceptada por
otros lingüístas, entre ellos mi venerado maestro don Ramón Menéndez Pidal
(1869-1968), que en su Manual de Gramática Histórica
Española (1904) propuso como étimo un hipotético hispanione latino vulgar.
Otros romanistas se preguntaron por qué había disimilado la n
final de españón para dar español, mientras
permanecía
inalterada en sabañón, cañón,
piñón, riñón, etc. Pero hispanoilus hubiera tenido que dar en
castellano españuelo, igual que de
aviolus salió abuelo y de filiolus proviene hijuelo (...) Todo ello enlaza con el
desconcierto creado por confundir la España de 1500 con la
España
de milenios atrás; los españoles de la misma
época, con quienes nada tenían de españoles
quince siglos antes. Incluso aumenta ese caos semántico llamar ‘andaluces’
a los ‘andalusíes’ de la España musulmana —al-Andalus—
y quienes hoy viven en Andalucía. Y hasta hay
franceses que no distinguen entre el ‘Andalou’ musulmán y el ‘Andalou’
de hoy: usan el mismo nombre" (Américo Castro, Sobre el nombre y
el quién de los españoles, Sarpe, Madrid, 1985, págs. 25, 26, 29, 39
y 40). La entrada de los musulmanes en la península
La cuestión
de cómo y por qué entraron los musulmanes en la Península
Ibérica estuvo sustentada durante muchos siglos por mitos, leyendas y
relatos históricos sumamente parciales. Gracias a la labor encomiable e imparcial de
estudiosos e investigadores españoles como Pascual
Gayangos y Arce (1809-1897), Eduardo Saavedra y Moragas (1829-1912),
Francisco Codera y Zaidín (1836-1917), Julián Ribera y Tarragó (1858-1934), Miguel Asín Palacios
(1871-1944), Américo Castro (1885-1972), Julio Caro Baroja
(1914-1995), y Juan Goytisolo (n. en 1931), hemos podido reconstruir
una historia que se creía
perdida para siempre. Por ejemplo, Ribera ha descubierto gran cantidad
de interesante información en la crónica
de Ibn al-Qutíyya, un historiador hispanomusulmán
descendiente de los príncipes visigodos,
cuyo nombre significa "descendiente de la Goda". El análisis
de los toponimios está rindiendo poco a
poco información útil, y
recientemente se ha podido demostrar así con casi total
certeza que muchos de los bereberes que llegaron a España con los árabes
musulmanes eran aun cristianos y luego, más tarde, se
islamizaron. Antecedentes históricos
Tras la muerte del
Profeta Muhammad (BPD) en 632, sus fieles seguidores fuerconquistando
grandes extensiones de terreno y naciones, tanto hacia Oriente (Península
Arábiga, Palestina, Siria, Irán, hasta la India),
como hacia Occidente hasta el Océano Atlántico. Pero la fe
del Islam no sólo se expandió por los fuertes
ejércitos árabes
que derrotaron sucesivamente a las huestes de los tiránicos
imperios de bizantinos y sasánidas. Lo que
Napoleón
Bonaparte (1769-1821) gustó decir «El Islam
conquistó
la mitad del globo en sólo diez años,
mientras el Cristianismo necesitó trescientos años»
es rigurosamente cierto y tiene su explicación en que los
distintos pueblos que recibieron a esos puros y esforzados musulmanes
de mediados del siglo VII los reconocieron como a libertadores que venían
a romper yugos milenarios. Si eso no hubiese sido así,
ese avance fulminante que permitió alcanzar casi al
mismo tiempo, en apenas ochenta años, a la India en
el este y a España en el oeste jamás se podría
haber logrado sin esa incuestionable voluntad popular. En el 670 (50 de la
Hégira) se funda la ciudad-campamento de Qairauán (al sur de Túnez)
y Cartago es conquistada el año 689/69. Todo el área
de la actual Tunicia era, a grandes rasgos, la provincia musulmana de
Ifriqiya, que según el historiador
musulmán
Ibn Jaldún recibe este nombre de su primer conquistador, Ifricos o Efriqish que
vino con los himÿaríes o fenicios unos
mil doscientos años antes de la era occidental (cfr. Ibn Jaldún:
Introducción a la historia universal. Al Muqaddimah, FCE, México,
1977, pág. 104), que a su vez daría origen a la
denominación
del continente negro: Africa. Desde la Ifriqiya
partieron sucesivas expediciones que anexionaron al califato omeya el
Norte de las actuales naciones de Argelia y Marruecos. Algunas
expediciones musulmanas ya se aventuraron a explorar las costas de la
Península Ibérica en
los años
705/85-86 y 709/90. El desembarco en Gibraltar La historia de la
España
musulmana comienza en el año 711/92, a finales
de abril en que Tariq Ibn Ziad (m. 720), a la cabeza de un ejército
de siete mil hombre en el que domina la etnia bereber de la que él
forma parte (los árabes
eran menos de 300), cruza el estrecho que llevará a partir de
entonces su nombre para desembarcar en la Península Ibérica. El
contingente islamo-bereber hizo la travesía a bordo de la
flota del conde Don Julián, el antiguo gobernador bizantino de Ceuta (Septum) que
se había puesto al servicio del gobernador o walf musulmán
de la provincia de Ifriqiya, Musa Ibn Nusair (640-714), con sede en
Qairauán.
Ahora hay algo
clave para contar. Por un lado, el conde Don Julián era un cristiano
unitario, es decir un monoteísta puro, que adhería
a las enseñanzas de los cristianos primitivos y de los llamados Padres y Doctores de
la Iglesia, como Orígenes (185-254),
Clemente de Alejandría (m. 215), Tertuliano (155-220) y Justino Mártir (100-165), y
especialmente al obispo griego Arrio (256-336), nacido en Libia, todos
ellos defensores de un acendrado monoteísmo que rechazaba
la divinidad de Jesús. La doctrina de
la Trinidad, recordemos, fue instaurada en la Iglesia Católica recién a
partir del Primer Concilio de Nicea, en 325, y produjo un gran cisma
entre los cristianos de oriente, partidarios del monoteísmo, y los obispos
occidentales liderados por Osio (257-358) que a través del llamado
"pacto constantiniano" monopolizaron desde entonces la
orientación
y el poder de la Iglesia. El historiador español Ignacio Olagüe
explica en su obra La Revolución Islámica
en Occidente (Fundación Juan March,
Barcelona, 1974), que a partir de entonces "...la doctrina
trinitaria fue impuesta a hierro y fuego" por todo el norte de
Africa y la Península
Ibérica. Eso también explica la relativa facilidad con que los
musulmanes avanzaron por esas regiones, y la hospitalidad con que
fueron recibidos, particulamente la de los bereberes. Luego de
consolidar su dominio en la Ifriqiyah (Tunicia) hacia el 670, en 701
alcanzaron el extremo occidental del Magrib () y en 708 entraron en Tánger. Respecto a Musa Ibn
Nusair, el historiador musulmán almohade Ibn
al-Kardabús,
del siglo XII, nos dice que pertenecía a la escuela de
pensamiento shií. Su padre había
sido Nusair al-Bakrí, nacido en 640, a
quien el fundador de la dinastía omeya, Mu‘awiya
ibn Abu Sufián había conferido el mando de su guardia, pero él se negó
a combatir contra el cuarto califa, Alí ibn Abi Talib
(600-661). Musa Ibn Nusair haría la alianza con el
arriano conde Don Julián, señor de Tánger
y Ceuta. Así, en 710/91 envió a su lugarteniente
Tarif con 500 hombres a ocupar el saliente sur de la Península
donde la ciudad de Tarifa lleva su nombre y a la cual impuso un pesado
tributo, o sea "la tarifa", para castigar los excesos de la
gobernación visigoda contra los cristianos arrianos de la región.
Vale aquí puntualizar que la población mayoritaria de la
Península
adhería a los principios unitarios y al arrianismo. Por el contrario, la corte y
el clero visigodo respondían a los dictados
de Roma y al dogma trinitario. La oligarquía visigoda con sede
en Toledo explotaba y oprimía hasta los más
crueles extremos a sus súbditos arrianos. El
profesor Olagüe en la obra ya citada, muy recomendable por cierto,
brinda pormenorizados detalles de este asunto. Volviendo a nuestro
tema anterior del cruce de Tariq, éste al frente de sus hombres
desembarcó
en las cercanías del famoso peñón al que se dió
su nombre: Ÿábal al-Tariq, "Monte de Tariq", es decir,
Gibraltar. El 19 de julio de ese mismo año, por las orillas
del río
Guadalete, logra una victoria decisiva sobre el rey visigodo Don
Rodrigo. Un mes más tarde, su lugarteniente Mughit ar-Rumí cerca la ciudad de
Córdoba.
Dice el erudito judeomarroquí y profesor
emérito de la Universidad de París, Haim Zafrani:
"Durante el asedio, los judíos se encierran en
sus hogares esperando impacientemente el desenlace. Contrariamente a
lo que sienten por los godos y su clero, no temen en absoluto la
llegada de los musulmanes en los que tienen puestas todas sus
esperenzas, pues no olvidan que los reyes visigodos los han oprimido
despiadadamente. Sirviéndose de estratagemas, los judíos —según
narran los historiadores musulmanes y cristianos— contribuyeron a
facilitar la entrada del ejército islámico a la ciudad,
celebrando su victoria. Mughit los tomó a su servicio,
confiándoles
la guardia de la ciudad. Lo mismo ocurrió en Toledo, y en
Sevilla, donde Musa Ibn Nusair dejó una guarnición
judía para mantener el orden" (H: Zafrani: Los Judíos
del Occidente Musulmán. Ál-Andalus
y el Magreb, Editorial Mapfre, Madrid, 1994, pág. 21). A partir de
entonces, España
entra en el seno de Dar al-Islam, "la Casa del Islam", y los
cristianos arrianos y judíos se integran
armoniosamente en el estado musulmán que se va
forjando. Así,
los judíos españoles, al convertirse en miembros de un dominio que se
extiende desde el Atlántico hasta la
China, se reencuentran con sus hermanos de las demás comunidades judías
de Oriente y de Africa del Norte, reanudando sus lazos socioculturales
y económicos.
Por otra parte, los cristianos unitarios españoles consoliden y
reafirman su identidad monoteísta junto con sus
hermanos en la fe, musulmanes y judíos. Esta explicación
de los orígenes de la España musulmana, tal
vez un tanto extensa para el reducido tiempo que tenemos, la creemos
necesaria para contrarrestar la historia oficial que sin fuentes ni
argumentos serios afirma que España
fue conquistada a sangre y fuego por los musulmanes. Como hemos visto,
la población nativa mayoritariamente arriana y la numerosa comunidad judía
recibieron a los musulmanes como libertadores y comulgaron con su fe,
costumbres y tradiciones, que eran prácticamente las
mismas que ellos tenían. El pueblo íbero-romano, no se
puede hablar de pueblo español en esa época,
fue más
bien cómplice que conquistado. Además en menos de una
generación
los musulmanes bereberes y árabes se integraron
completamente a la población autóctona
a través de múltiples matrimonios mixtos, ya que la inmensa mayoría
había llegado a España sin mujeres. «A la luz de lo
dado a conocer en los últimos veinte años,
es insostenible la creencia de ciertos arabistas españoles
de haber sido los musu‘depredadores’ e ‘invasores’ de una España
previamente existente, y que retornó a su ser prístino
luego de ser expulsados tan indeseables ocupantes. Basta pasar la
vista por la superficie geográfica de la Península
para persuadirse de la total falsedad de ese aserto, por tantos
compartido. Los ‘depredadores’ y los ‘invasores’ no dejan tras
sí
montañas, ríos y ciudades cuyos nombres revelan la presencia en un
país suyo, de quienes imprimieron la huella de su acción
civilizadora en la lengua y en todo lo obrado por ellos. Guadalquivir
es nombre árabe, y Tajo está arabizado, porque
de no haber habido árabes se llamaría Tago. Sin árabes
no habría ciudades que se llaman Alcalá, Medina, Almunia,
Alcolea, Alcázar, Madrid, Almansa (vea el lector el libro de Miguel Asín,
Toponimia árabe de España, Madrid, 1944, y
el de Jaime Oliver Asín, Historia del
nombre ‘Madrid’, I. C. M. A, Madrid, 1991). Una casa española
tiene aljibe, atarjea, zaguán, alcobas,
alféizares, alacena, baldosas, zaquizamí, azoteas, albañal.
¿No
hacían todo eso albañiles y alarifes
cuya lengua fue inicialmente el árabe? En una
vivienda castellana o andaluza (¡no andalusí!)
se ponían tabiques, había azulejos,
argollas, arambeles (antiguamente ‘colgaduras’), y otras cosas que
servían
para alhajar la casa. En las paredes se empotraban alacenas, con
anaqueles, en donde se ponían cosas que se
colocaban en un azafate (todavía hoy en Colombia
significa ‘bandeja’). El agua de beber se conservaba fresca en una
alcarraza, y se sacaba del pozo con un acetre. Se echaba dinero, para
ahorrarlo, en una alcancía.
La algorfa era el sobrado en donde se guardaba el grano. ¿Cuando
habrá un alma, lingüísticamente
caritativa, que agrupe en un léxico histórico-geográfico
todos los arabismos del castellano, del catalán y del
gallego-portugués? (...) En suma, quienes consideran a los musulmanes
de al-Ándalus
como ‘depredadores’ e ‘invasores’ de la auténtica España,
proceden como quien pretendiera hacer visible el interior de una
cebolla despojándola de sus capas por pensar que bajo ellas se encuentra el auténtico
bulbo» (Américo Castro, op. cit., págs. 40-42). Como mejor prueba
de lo que aseveramos, se puede decir que los musulmanes pacificaron la
Península
en menos de dos años y establecieron
un estado islámico integrado por cristianos y judíos que llegó
a durar casi ocho siglos, hasta 1492. Recordemos que los fenicios y
cartagineses habían tratado
infructuosamente de sojuzgar a los béticos y celtíberos durante
cuatro siglos, y los romanos durante casi seis provocando espantosas
matanzas como aquella de la heroica Numancia, la cual resistió durante 20 años
su asedio y fue destruida por las legiones de Escipión
Emiliano (185-129 a.C.). Los musulmanes no destruyeron nada de lo que
había,
sino que reconstruyeron las antiguas obras dejadas por los romanos,
como puentes y acueductos, erigiendo una "cultura del agua",
y construyeron monumentos maravillosos que han sobrevivido hasta
nuestros días.
Hoy se puede
afirmar que el 80% de los quince millones de turistas que llegan
anualmente a España
tienen como meta principal visitar la Giralda —la torre-campanario
que fuera el minarete de la mezquita mayor de Sevilla—, la Mezquita
de Córdoba,
el palacio-fortaleza de la Alhambra de Granada y muchas otras
maravillas como la Alcazaba de Guadix, la Torre del Oro de Sevilla,
los campanarios e iglesias mudéjares de Teruel, los pueblos moriscos
de las Alpujarras, los manuscritos árabes del monasterio de El Escorial, etc. Tolerancia y convivencia Pero más
allá de las obras públicas y arquitectónicas,
y los prodigios científicos y culturales
de al-Ándalus,
lo que mejor caracteriza el legado hispanomusulmán es su espíritu
de la tolerancia. Si hablamos de la tolerancia del Islam, no se trata
de un tópico
repetido con fines propagandísticos, sino de una
experiencia y una realidad histórica irrefutable.
En la llamada Edad de Oro del Islam, cuando el territorio musulmán
se extendía de España hasta la China, entre los siglos VIII y XIV, convivían
en su seno en un ambiente de libertad y mutuo respeto cristianos
arrianos, nestorianos, monofisitas y coptos, judíos, budistas,
zoroastrianos, maniqueos e hinduistas, cuyas creencias y tradiciones
eran garantizadas por el Islam por el estatuto de Ahl al-Dhimma, es
decir, la "Gente del Pacto". Esto es algo que el Islam puso
en práctica hace más
de 1400 años y que Occidente a duras penas comenzó a llevarlo a cabo
a mediados del siglo XX. Y es precisamente
uno de estos pactos, el firmado entre el godo Teodomiro, gobernador de
Orihuela, y Abd al-Aziz, el hijo de Musa Ibn Nusair, el 5 de abril del
año
713, el que conforma el documento más antiguo de la
historia andalusí (Ver Apéndice I). En virtud de este tratado Teodomiro quedó
como gobernador inamovible y Orihuela (la de Miguel Hernández)
fue un estado autónomo durante muchos
años.
Asimismo, los señores de siete
fortalezas de la región de Murcia, Alicante y Valencia (situadas a lo largo de la antigua Vía
Augusta) se someten al gobierno musulmán a cambio de un
estatuto jurídico en que se reconocen libertades, posesiones y religión
para sus habitantes. Cuando los
musulmanes llegaron a la Península, traían
un concepto absolutamente revolucionario basado en el Corán
y la Sunna o Tradición del Profeta
Muhammad, por el cual se trataba a los seres humanos por igual,
respetando sus derechos y propiedades. El pacto entre Abd al-Aziz y
Teodomiro prueba que hace 14 siglos el Islam no sólo respetaba los derechos humanos, que Occidente recién
descubrió hace menos de 300 años, sino tenía
códigos
y regulaciones que las propias Naciones Unidas no son capaces de
aplicar a las puertas del siglo XXI. Por eso, vale remarcar aquí
que ese concepto o idea sobre "el oscurantismo de la Edad
Media" tan en boga en los medios de comunicación y en la lectura
de los escritores posmodernos, es algo que compete a la historia de
Occidente, pero no a la del Islam. Pongamos otro
ejemplo muy conocido. Después de afirmar su posición en la Península,
los musulmanes escalaron los Pirineos y entraron en Francia. En 732,
entre Tours y Poitiers, dos mil kilómetros al norte de
Gibraltar, y a 450 kilómetros de Londres y
a menos de 200 de París, fue el punto más septentrional que
alcanzaron esos predicadores carismáticos. Véase Cecelia Holland: Tours. Medieval Battle Reconsidered, en MHQ —The
Quarterly Journal of Military History—, Leesburg (Virginia), Winter
1999, págs. 50-59.
En 735 entraron en
Arlés y en 737 llegaron a Aviñón, el valle del Ródano
y Lyon. Y aunque en 759 se vieron obligados a retirarse del mediodía
francés, sus cuarenta años de circulación
por aquellas tierras contribuyeron, en el Languedoc, a la insólita
tolerancia de diversas creencias, la pintoresca alegría
y el amor romántico y caballeresco que desde entonces caracterizó
a los lugareños. EL ESPLENDOR DEL CALIFATO DE CÓRDOBA
El califato de los
Omeyas (661-750), con sede en Damasco nunca dio a España el valor que tenía.
Entre 716-756/97-138 se desarrolla el llamado emirato de Córdoba,
dependiente de Damasco, período en que se
suceden diversos gobernadores, o emires, nombrados directamente por el
califa Omeya de Damasco. Cuando en 750 éste fue reemplazado por el
califato de los Abbasíes
(750-1100), con capital en Bagdad, el territorio era meramente
conocido como "el distrito de al-Ándalus",
gobernado desde Qairauán.Pero cuando los triunfantes abbasíes
ordenan la muerte de todos los príncipes omeyas, este
hecho aparentemente anecdótico será
decisivo para la más occidental de las
provincias del imperio. Abderrahmán
Ibn Mu'awiya (731-788), nieto del califa Hishám Ibn Abdelmalik
(691-743), fue el único omeya que consiguió escapar.
Perseguido de aldea en aldea, cruzó a nado el ancho
Eufrates, pasó a Palestina, Egipto, Ifriqiya, Marruecos y al-Ándalus.
Así, en 756 fue proclamado emir de Córdoba iniciando uno
de los períodos más ilustres de la historia del Islam. A partir de
entonces se funda el emirato omeya independiente de Bagdad
(756-929/138-316). El emir tomará decisiones propias, considerando a la familia Abbasí
—que se había hecho con el califato y trasladado su capital a Bagda—
como sus máximos enemigos. Hacia 777 al-Ándalus
fue invadida por el ejército de Carlomagno (742-814), pero los
francos fueron frenados en las puertas de Zaragoza por los soldados de
Abderrahmán
y su retaguardia aniquilada por una alianza de vascos y musulmanes en
Roncesvalles (778), donde cayó el legendario
paladín
franco Roland o Roldán que dio lugar al
cantar de gesta homónimo. Los sucesores de
Abderrahmán
I son Hishám I (788-796), al-Hakam I (796-822), Abderrahmán
II (822-852), Muhammad I (852-886), al-Mundhir (886-888), Abdallah
(888-912) y Abderrahmán III (912-961). A fines del siglo
VIII, la mayoría de la población, descendiente de
los hispanorromanos y de los visigodos, se había convertido al
Islam, recibiendo el nombre de muladíes; sólo
en las ciudades quedó una parte de
población
que se mantuvo cristiana (mozárabes) y que, en
general, fue muy respetada. Los emires cordobeses se vieron obligados
a enfrentarse con la aristocracia árabe rebelde y los
muladíes
que les disputaban el poder. Durante el gobierno
de al-Hakam I, coetáneo de Carlomagno
(742-814), y sus sucesores, se desarrollaron las revueltas de Toledo y
Córdoba
en 807 y 814, y los enfrentamientos con los gobernadores militares de
la frontera (Ibn Marwán "el
Gallego" en Extremadura, 868; familia de los Banu Qasi —Musa
Ibn Musa— en el valle del Ebro). Pero ninguna alcanzó tanta fuerza ni
puso en peligro el emirato como la revuelta del muladí Omar Ibn Hafzún,
durante el mandato del emir Abdallah. Entre 844 y 861 se
produjeron varios ataques vikingos (llamados maÿús "magos"
por los musulmanes) contra las costas del sur de al-Ándalus. Según
el testimonio de historiadores como Ibn Qutíyya, Ibn Hayyán
y al-Maqqarí, la marina andalusí causó
estragos entre los vikingos, marinos por demás experimentados,
utilizando proyectiles incendiarios (niÿam al-naft) y numerosísimos
arqueros (ar-rumat). Los vikingos lograron remontar el Guadalquivir
hasta las cercanías de la antigua Hispalis romana (la Sevilla actual), llamada Isbilía
por los musulmanes (cfr. Jorge Lirola Delgado: El poder naval de Al-Ándalus
en la época del Califato Omeya, Universidad de Granada, Granada,
1993) En 929 Abderrahmán
III an-Nasir li-Din Allah decide tomar el título califal, ante
la lejanía
e incomunicación con el califato Abbasí de Bagdad, y ante
el inmediato peligro que suponía el califa Fatimí
en el Magreb. El califato omeya independiente de Bagdad se extenderá
entre 929 y 1010/316-400). El sucesor de
Abderrahmán
III Al-Hakam II al-Mustansir (961-912), propició un enorme
desarrollo de las ciencias y las artes que sería la base del
llamado Renacimiento europeo. En cambio, Hishám II al-Muayyad
(976-1009) será un pusilánime manejado por su primer ministro Ibn Abi Amir
al-Mansur (m. 1002), «Almanzor», quien gobernará de hecho al-Ándalus,
aunque sin tomar el título califal. A
al-Mansur le sucederá su hijo Abd al-Malik al-Muzafar (1002-1008), y luego Abderrahmán,
conocido como «Sanchuelo» por los cristianos, sucede a su hermano,
hasta que al autonombrarse califa hace estallar la guerra civil en al-Ándalus.
La Mezquita de Córdoba
En 785 el emir
Abderrahmán
I (731-788) comenzó la construcción
de lo que sería la Mezquita mayor de la ciudad. Esta forma un rectángulo
que mide 180 metros de norte a sur y 130 metros de este a oeste. En la
arquitectura de la mezquita se observan cuatro estilos autónomos
representativos de cuatro épocas distintas desde 785 a 987. Originalmente el
exterior mostraba un muro almenado de ladrillo y piedra y un sólido
alminar que superaba en tamaño y belleza a todos
los alminares de la época. Diecinueve portales, con arcos de
herradura elegantemente esculpidos con pétrea decoración floral y
geométrica, conducían al Patio de las Abluciones (hoy Patio de los Naranjos). En este rectángulo,
pavimentado con baldosas de colores, había cuatro fuentes,
cada una tallada en un bloque de mármol tan grande que
se habían
necesitado setenta bueyes para su transporte desde la cantera. La
mezquita propiamente dicha era un bosque de 1290 columnas, que dividían
el interior en once naves principales y veintiuna secundarias. De los
capiteles de las columnas partía una variedad de
arcos: semicirculares, apuntados, de herradura, la mayoría con dovelas
alternadamente rojas y blancas. Las columnas de jaspe, pórfido, alabastro y
mármol
daban por su número una impresión de espacio
ilimitado. El techo de madera
estaba tallado en cartelas que ostentaban inscripciones, muchas de
ellas coránicas.
Colgaban de él 200 candelabros que sostenían 7000 tazas de
aceite perfumado que les llegaba de depósitos constituidos
por campanas cristianas invertidas, también suspendidas del techo. La
sección
destinada a la oración comunitaria tenía
el suelo cubierto con baldosas esmaltadas sobre las que se desplegaban
esterillas de caña sobre las que se
acomodaban los orantes. El mihrab era una
pieza octogonal, brillantemente ornamentado con mosaicos esmaltados.
El minbar (púlpito
con escalones desde donde el jatíb
"disertante" pronuncia la jútba o sermón) consistía
en 37.000 pequeños paneles de marfil y maderas preciosas: ébano, cidro,
áloe, sándalo rojo y amarillo, unidos con clavos de oro o plata
y con incrustaciones de gemas. En 1523 se decidió
imponer en el corazón de la Mezquita de
Córdoba,
una catedral católica. El propio
emperador Carlos V (1500-1558), al ver la aberración que se había
causado a la arquitectura del edificio dijo al Obispo Fray Juan de
Toledo y a los Capituladores la célebre frase: «Si yo hubiera sabido
lo que era ésto, no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo:
porque haceis lo que hay en muchas otras partes, y habeis deshecho lo
que era único
en el mundo». El escritor checo
en lengua alemana Rainer María Rilke (1875-1926)
expresó
melancólicamente su desazón al visitarla:
«Da pena, tristeza y aun vergüenza lo que se ha hecho con la
Mezquita al enredar la iglesia y las capillas en sus lisas guedejas, y
se querría
desenredarla y peinar tan hermosa cabellera». En la época del
califato de Córdoba, la afluencia a la gran mezquita el viernes al mediodía
(Salat al-Ÿumu’a "Oración Comunitaria del
Viernes"), era tan multitudinaria que, en verano, para proteger
del sol a los fieles que no cabían en su interior,
se desplegaba un magnífico toldo por
encima del Patio de las Abluciones. Véase Leopoldo
Torres Balbás:
La Mezquita de Córdoba y las ruinas
de Medinat Al-Zahara, Col. Monumentos Cardinales de España,
XIII, Madrid, 1952; Fernando Chueca Goitía: La Mezquita de Córdoba,
Albaicín, Granada, 1971; Marianne Barrucand y Achim Bednorz: Arquitectura islámica
en Andalucía, Taschen, Köln, 1992, págs.
60-105; Henri Stierlin: Islam. Volume I. Early Architecture from
Baghdad to Cordoba. Umayyad Splendor in
Cordoba, Taschen, Köln, 1996, págs. 85-113). El faro de Europa Los historiadores musulmanes nos pintan las ciudades
andalusíes como colmenas de poetas, eruditos, juristas, médicos y científicos.
Al-Maqqarí llena sesenta páginas con sus
nombres. Como cifras ilustrativas del apogeo de Córdoba durante la
época islámica
se afirma que ésta llegó a tener casi un
millón
de habitantes (hoy tiene menos de 300 mil), con 3000 mezquitas, 800 de
las cuales estaban en el arrabal de Saqunda. El número de sus baños
públicos
era de 600, el de sus fondas y hospederías era de 1600 y
había
además 4.000 tiendas y comercios, 213.000 casas de clase media y obrera y
60.300 residencias de oficilaes y aristócratas. Las
escuelas públicas
sumaban 25. El circuito amurallado de la ciudad tenía
una superficie de 2.690 Ha. Córdoba poseía
un notable y revolucionario sistema de albañales
y aguas corrientes, a lo que se sumaba una red de alumbrado público
y un ingenioso método de irrigación de la vega
circundante a través de norias y acequias que extraían el agua del río
Guadalquivir (del árabe: uadi
al-kabir, el río
grande). Debe destacarse que en esa época, a mediados del siglo X,
París
y Londres eran aldeas casi desconocidas, y la gran mayoría
de las ciudades de la Europa no musulmana se hallaban en las más
absolutas condiciones de insalubridad y primitivismo. El medievalista francés Charles-Emmanuel Dufourcq dice:
«Eningún momento, ni Roma ni París, las dos ciudades
más
pobladas del Occidente cristiano, se acercaron al esplendor de Córdoba,
el mayor núcleo urbano de la Europa árabe-islámica»
("La vida cotidiana de los árabes en la Europa
medieval", Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1990). Al-Ándalus llegó
a contar con setenta bibliotecas públicas, ya que casi
todos allí sabían leer y escribir, mientras que en la Europa cristiana, a menos que
pertenecieran al clero, no sabían. La biblioteca del califa cordobés al-Hakam II llegó
a contener 400.000 tomos, 44 de los cuales formaban el catálogo
de los restantes. Y al-Hakam los había leído
todos. Un manuscrito andalusí en papel de algodón
que hoy guarda la biblioteca del Escorial, del año 1009, prueba que
los musulmanes fueron los primeros en sustituir el pergamino por el
papel. Las bibliotecas de la Europa no musulmana tenían menos de cien
libros en esa época. Había centenares de teólogos
y gramáticos; los retóricos, filólogos,
lexicógrafos, antologistas, historiadores, biógrafos eran legión.
A pesar de esta bonanza, el califato cordobés se vio
involucrado en una guerra civil que determinó su caída
hacia 1010. La España musulmana se
desintegró
en veintitrés taifas o ciudades Estados, demasiado atareadas con sus
intrigas y luchas mezquinas para detener la gradual absorción de al-Ándalus
por castellanos y aragoneses. LOS SABIOS DE CÓRDOBA
La civilización
hispanomusulmana o andalusí tuvo conciencia
plena de la evolución temporal de ella misma, de la historia e incluso de su propio futuro y
por ello desarrolló una literatura
historicista de gran importancia que culmina con la figura de Ibn Jaldún,
el primer filósofo y sociólogo de la
historia. Los polígrafos
y sabios de al-Ándalus abarcaron
todas las disciplinas científicas y las del
pensamiento. Desde sus orígenes, la Gente de al-Andalus estuvo al corriente de
todo lo que sucedía en el Islam
oriental y se esforzó
por obtener las obras de los distintos eruditos y especialistas.
Lamentablemente, estas curiosidades e inquietudes no tuvieron el mismo
eco y la misma reciprocidad de parte de sus colegas orientales. La
civilización
andalusí fue poco menos que una ilustre desconocida en el Egipto de fatimíes,
ayubíes y mamelucos. Mucho más si nos movemos
hacia el oeste: para los buÿíes, samaníes,
gaznavíes, selÿukíes o guríes, la palabra al-Ándalus
era algo tan lejano como incomprensible. Fue gracias a varias
generaciones de orientalistas, arabistas e islamólogos europeos,
principalmente españoles, que el riquísimo
legado de al-Ándalus pudo ser conocido y apreciado en toda su dimensión.
Hoy día,
no es ninguna casualidad que todavía haya muchos
musulmanes orientales que ignoren la existencia de la Mezquita de Córdoba
y la Alhambra de Granada y que nunca hayan leído las obras de Ibn
Hazm, Averroes o Ibn al-Arabí de Murcia. Del
mismo modo, los musulmanes magrebíes, en general,
apenas conocen los portentos islámicos de Estambul,
Isfahán
y Agra y prácticamente saben poco o nada de los sabios musulmanes de
Oriente posteriores al siglo XIII. Esto tiene una
primera lectura: al-Ándalus por sus condiciones geográficas
y políticas nunca dejó de ser una
«isla» (ÿazirah) lejana para el resto del Dar al-Islam. También
podemos señalar
que el Islam oriental padeció numerosas
invasiones (turcas y mongolas principalmente) y luchas intestinas. Sin embargo, hay
algo que no cierra en todo esto, pues la civilización andalusí
duró
nada más y nada menos que ocho siglos (711-1492) y a lo largo de su historia
encontramos siempre una constante: a pesar de todo tipo de conflictos
(cruzadas, largas distancias, etc.), los viajeros musulmanes se
trasladaron del oeste al este (Ibn Ÿubair, Ibn Battuta) y no en
sentido contrario. Preferimos dejar este curioso fenómeno para un
estudio posterior en el que podamos analizar con suficiente amplitud
las razones sociológicas que produjeron semejante contraste. Ahora veremos brevemente las
reseñas de los principales eruditos cordobeses de este período.
Ziryab Fue el emir
cordobés Abderrahman II (788-852) el primero en fundar un
conservatorio musical en al-Ándalus,
siendo considerados sus músicos como rivales
de los de Medina, donde se hallaban los más excelentes (la
tradición
islámica atribuye a Suraiÿ, médico medinense, el primer empleo de la batuta
en la historia de la música, en el siglo
VIII). En 822 llega a la
corte cordobesa, procedente de Bagdad, el músico y poeta persa
Abu al-Hasan Ibn Ali Ibn Nafi (789-857), más conocido por el
sobrenombre de Ziryab: «el pájaro negro
cantor», según
algunos, por asemejarse al mirlo, y según otros por el
oscuro color de su tez. Sería Ziryab quien introduciría en las escuelas
de música
andalusíes el sistema árabe-pérsico,
sistema que en la corte cordobesa era utilizado al mismo tiempo que el
sistema griego y pitagórico. Ziryab había sido en la lejana
Bagdad el alumno aventajado de dos importantes músicos de la corte
de Harún
ar-Rashid, como fueron Ibrahim Ibn Mahán de Kufa (m. 803),
llamado al-Mausilí (por haber residido un tiempo en Mosul), y su hijo
Ishaq. Ishaq al-Mausilí (m. 849) al ver
las cualidades con las que estaba dotado Ziryab y que podían
opacar las suyas, presa de los celos, le obligó a abandonar la
capital abbasí. Ziryab era un
auténtico polígrafo:
poeta, literato, astrónomo,geógrafo
y un refinado esteta y un célebre gourmet, tanto que hay un antiguo
plato cordobés de habas saladas y asadas, al que se llama «ziriabí»
en honor a Ziriab, pero ante todo fue un gran músico. Se dice que
se sabía
de memoria las letras y melodías de diez mil
canciones. Fue el fundador de una gran academia musical y dio a
conocer en al-Ándalus
el instrumento islámico por
excelencia, el ud (laúd), para el cual inventó una quinta cuerda.
Según
Ziryab: «Las cuatro cuerdas tradicionales encuentran su equilibrio en
el universo. Ellas representan los símbolos de los
cuatro elementos: el aire, la tierra, el agua y el fuego. Sin embargo,
sus timbres particulares ofrecen analogías con los humores
y temperamentos que no existen en la naturaleza. He coloreado las
cuerdas para indicar su correspondencia con la naturaleza humana: la
primera, roja, representa la sangre; la segunda, blanca, representa la
flema; la tercera, amarilla, es la bilis, la cuarta negra, la
atrabilis (supuesto causante de la melancolía
según los antiguos). La quinta cuerda es la que ocupa el lugar principal: es
la del alma...» (H.G. Farmer:
History of Arabian Music, Londres, 1929, pág. 154). Ziryab fabricó
sus propios instrumentos, mejorándolos con
innovaciones. La laminilla de madera que se empleaba como plectro en
el laúd
la sustituyó por la pluma de águila, con lo que
produjo un sonido más agradable en el instrumento. Dice Ibn Jaldún:
«El conocimiento de la música legado por
Ziriab como una herencia a España, transmitióse
allí de generación en generación,
hasta la época de los régulos de Taifas» (Al-Muqaddimah, O. cit., pág.
756). Los diversos ritmos
y melodías
surgidos de la escuela andalusí forjada por
Ziryab, como las zambras, pasarían a América con
los moriscos y se transformarían en danzas como
la zamba, el gato, el escondido, el pericón, la milonga y la
chacarera en la Argentina y el Uruguay, la cueca y la tonada de Chile,
las llaneras de Colombia y Venezuela, el jarabe de México o la
guajira y el danzón
de Cuba (cfr. Tony Evora: Orígenes de la música
cubana, Alianza, Madrid, 1997, pág. 38). El mismo
tango tiene origen flamenco, voz que según el eminente
andalucista Blas Infante (1885-1936) proviene del árabe fellahmenghu:
«campesino errante». La mayoría de los flamencólogos,
incluso un intérprete y compositor de la talla de Paco de Lucía
(nacido Francisco Sánchez Gómez,
en 1947, en el puerto de Algeciras), y un cantaor de los quilates de
Camarón
de la Isla (nacido José Monge Cruz, 1950-1992), afirman el origen
andalusí-morisco
de su especialidad (cfr. Félix Grande Lara: Memoria del flamenco, 2
vols., Espasa Calpe, Madrid, 1987). Ibn Firnás
Hacia el 850, ya
existía
en la ciudad islámica de Córdoba en al-Ándalus,
un ambiente científico y cultural tan
intenso como para producir individualidades de la talla de Abbás
Ibn Firnás. Este hombre, dotado de un espíritu que recuerda
al de los genios del Renacimiento italiano, había construido en su
casa lo que puede pasar por ser el primer planetario de la historia
del mundo. se trataba de una habitación dentro de la que
estaban representadas las constelaciones, los astros y los fenómenos
meteorológicos. Las escasas reseñas que quedan de
este planetario señalan que Ibn Firnás lo había
dotado de mecanismos tales que el visitante quedaba sobrecogido por la
aparición de nubes, relámpagos y truenos
entre las cuatro paredes de la habitación, efectos
especiales que hoy hubieran despertado la envidia de los técnicos de
Hollywood y Disneylandia. Ibn Firnás
también construyó una clepsidra
(reloj de agua) dotada de autómatas móviles
con la que se podía conocer la hora
en los días
y noches nublados, e introdujo en al-Ándalus la técnica
del tallado del cristal. Pero lo más
sorprendente de Ibn Firnás fue su intento de
volar, seguramente recordando la leyenda griega de Dédalo. Parece ser
que se proveyó
de un traje de seda, que por cierto, debió ser uno de los
primeros de este tejido en llegar a España, al que adhirió
plumas de aves. Luego, ayudado por un mecanismo de que,
desgraciadamente, no se conservan detalles, saltó desde lo alto de
la torre de la Rusafa —el palacio jardín construido por
Abderrahmán
I—, desde casi cien metros de altura, y consiguió planear durante un
trecho hasta que tuvo un aterrizaje bastante forzoso, aunque sin
consecuencias graves. Ibn Firnás, fallecido hacia
887, fue sin duda uno de los más remotos pioneros
de la aviación de que se tenga noticias, con diseños aeronáuticos
elaborados seiscientos cincuenta años antes de que el
artista e inventor florentino Leonardo da Vinci (1452-1519) plasmara
el primer intento de estudio aerodinámico, el cual
aparece en el Sul Volo degli Uccelli ("Sobre el vuelo de los pájaros"),
redactado hacia 1505 (Jean-Claude Frère: Leonardo. Painter, inventor, visionary, mathematician, philosopher, engineer,
Terrail, París, 1995,
págs. 148-49). Y recién en 1678,
800 después, la experiencia de Ibn Firnás sería
repetida, esta vez por un cerrajero francés llamado Besnier que voló
un corto trecho con unas alas que funcionaban como las patas palmeadas
de un pato, teniendo como nuestro cordobés un aterrizaje forzoso con
algunos golpes pero sin consecuencias. Ibn Masarra Muhammad Ibn
Masarra (883-931), nacido en Córdoba, es el primer
filósofo
y gnóstico andalusí. Su familia
descendía
de muladíes (conversos al Islam). Su padre, Abdallah, cuyos ojos azules y pelo
rubio hacían que frecuentemente fuera confundido con un eslavo o
un normando, fue viajero por razones comerciales, y frecuentó
círculos
mutazilíes y místicos en el Irak, adhiriendo a su pensamiento. Estos
conocimientos se los transmitió a su joven hijo
Muhammad quien asimiló rápidamente y en poco
tiempo tuvo un grupo de discípulos. Luego que su padre,
arruinado en sus negocios, se marchara a Oriente y falleciera en La
Meca en 899, Ibn Masarra, que estudió la obra del filósofo
greco-siciliano Empédocles de Agrigento (490-430 a.C.), formó
en Córdoba las bases de una escuela filosófica que llevaría
su nombre y que haría la primera síntesis
de las más elevadas tradiciones espirituales de Asia y de Africa. El gran islamólogo
español Miguel Asín Palacios,
encuentra un paralelismo entre la manera en que el Obispo Prisciliano
de Avila (condenado por hereje y ejecutado por orden del emperador
romano Máximo,
en 385) concibe el cristianismo y el modo en que Ibn Masarra vivió
y concibió el Islam (cfr. Miguel Asín Palacios:
Abenmasarra y su escuela, Orígenes de la filosofía
hispano-musulmana, Madrid, 1914; Daniel Terán Fierro:
Prisciliano Mártir
Apócrifo, Breogán, Madrid, 1985).
«Dos grandes "herejías" ponían
en solfa las decisiones del concilio de Nicea en dos puntos opuestos
del mundo conocido: una, en oriente, con Arrio y, la otra, en
Occidente, con Prisciliano. Y, en el centro del debate, el problema de
saber si el reconocimiento de las tres "personas" de la
Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no hacían que se
tambaleara el monoteísmo» (Roger Garaudy: El Islam en Occidente. Córdoba, capital del
pensamiento unitario, Breogán, Madrid, 1987, pág.
50). Precisamente, Ibn
Masarra es un defensor acérrimo del monoteísmo abrahámico
y el carácter del Uno divino. Se han recuperado sólo dos de sus
numerosas obras: «El libro de la explicación perspicaz»
(Kitab al-Tabsira) y «El libro de las letras» (Kitab al-Huruf).
Luego de recorrer el Norte de Africa con sus discípulos, Ibn Masarra
se radicó
en Córdoba, donde pudo desarrollar sus tareas bajo la protección
y el estímulo del califa Abderrahmán III (912 a 961). Ibn al-Qutíyya
Abu Bakr Muhammad
Ibn Umar Ibn Abdul Aziz Ibn al-Qutíyya (muerto hacia
977) es uno de los más importantes historiadores y filólogos
de al-Ándalus. Su apodo quiere decir «el hijo de la goda» Nació
en Córdoba y murió en Córdoba.
Era descendiente de Sara la Goda, sobrina del rey Witiza (m. 710),
desposada con un musulmán. Su obra Tarij iftitah al-Ándalus
("Historia de al-Ándalus") es
fundamental para comprender la entrada de los musulmanes en la Península.
Este manuscrito se guarda en la Biblioteca Nacional de París.
Véase la traducción de Julio Ribera y
Tarragó:
Historia de la conquista de España de Abenalcotía
el cordobés, Madrid, 1926. Ibn Hayyán
Uno de los más
notables de los cronistas andalusíes, a través de
quien podemos aproximarnos al reflejo oficial de la historia de al-Ándalus.
Abu Marwán Hayyán Ibn Jalaf Ibn Hayyán fue hijo de un
alto funcionario del canciller del califa Hisham II, Muhammad Ibn Abu
Amir al-Mafirí
(940-1002), más conocido como Al-Mansur ("el Victorioso"), latinizado
Almanzor, el conquistador de Barcelona y Santiago de Compostela. Ibn Hayyán
nació en la mejor Córdoba califal, en
987-988, y murió en la taifa de Córdoba, ya ocupada
por Sevilla, en 1076. Legalista pro-Omeya, como lo sería
su compatriota Ibn Hazm, criticó amargamente la caída
de esta dinastía, la ruptura del centralismo andalusí,
la guerra civil en un país disminuído,
pero supo adaptarse a los cambios, y el prestigio que logró,
incluso entre sus contemporáneos, componiendo
una única
obra, su «Historia» (dividida en dos partes: Kitab al-muqtabis
fi-tarij rishal al-Ándalus y Kitab al-muqtabas fi ajbar balad al-Ándalus),
sobre toda la historia de al-Ándalus, hasta pocos
años
antes de su muerte, le permitió no sólo
mantenerse en Córdoba toda su vida,
sino expresar cuanto quiso, reflejando su criterio, y dando una
dimensión
activa a la escritura histórica. LA SOCIEDAD ANDALUSÍ
Los diversos grupos
sociales de al-Ándalus se definen tanto por su origen étnico como por su religión.
Ambos elementos combiandos configuran la variedad de la sociedad
andalusí.
Sobre el papel de la mujer en al-Ándalus, hay que
destacar que tuvo más libertad que las mujeres de su misma cultura en Oriente, debido
principalmente a la idiosincracia de los bereberes (etnia
predominante) y a los elementos que conformaron su sociedad
multicultural, multirreligiosa y polilingüista. Los árabes
De religión
musulmana, desde un primer momento los árabes forman una
clase dirigente minoritaria que disputará el poder a los
mayoritarios grupos bereberes y muladíes. Los bereberes Se dividen en tres
grupos diferenciados según el momento de su
entrada en la Península: 1. Los que llegaron
a lo largo de todo el período omeya. Se
introdujeron en la Península en diferentes oleadas a partir de 711. Se
islamizaron y arabizaron totalmente. 2. Los contingentes
que formaron parte del ejército a finales del califato (siglo X),
reclutados masivamente por parte del poder cordobés. De estos dos
primeros grupos salieron dirigentes de diferentes taifas (como los Ziríes
de Granada entre 1013-1090) durante el siglo XI. 3. Entre los siglos
XII y XIII el poder político pasa a manos
de las dinastías bereberes de los almorávides y de los
almohades, con capital en Marrakesh, lo que trae consigo un nuevo
flujo de bereberes a al-Ándalus.
Los mozárabes
Son muy numerosas
en un principio, los cristianos llamados mozárabes por sus
compatriotas musulmanes —térmque viene de musta‘rab, es decir el
"arabizado o seudoárabe"
—, puesto que en todo asemejaban a aquéllos, ya que hablaban, se
vestían
y vivían, en suma de la misma manera; tan sólo eran distintos
por la adscripción a otra religión. El profundo respeto
de la libertad religiosa contenido en la ley coránica permitió
a los mozárabes gozar de una autonomía interna
considerable. Administrativamente dependían de un
"comes" de origen visigodo. La justicia se regía según
leyes propias y los impuestos eran recaudados por un mozárabe,
el "exceptor". Este espíritu de tolerancia
hizo posible que mozárabes y judíos
lograsen, sin demasiados obstáculos cargos en la
diplomacia, el ejército y el propio gobierno musulmán.
En dos terrenos se manifiesta claramente la singularidad del estilo
mozárabe:
arquitectura e iluminación de manuscritos. Las características
de las iglesias mozárabes, en las que
se combinan elementos de la tradición visigótica
con influjos musulmanes, son los arcos de herradura, los capiteles de
tipo corintio y elementos de decoracióne esculturada. La
miniatura mozárabe, proyectada por el arte islámico, está
considerada como una de las escuelas más originales de
todas las que en esta especialidad produjo el arte medieval.
Sobresalen ejemplares como los ilustrados del "Comentario del
Apocalipsis" de Beato de Liébana (monje asturiano muerto en
798). Entre otros miniaturistas y calígrafos
mozárabes, destacan Magius y Florencio. Podemos juzgar de
la atracción
ejercida por el Islam en los cristianos por una carta de 1311, que
calcula la población musulmana de Granada en esa época en 200.000 habitantes, de los cuales
todos menos 500 eran descendientes de cristianos convertidos al Islam
(citado por Sir T. W. Arnold, The Preaching of Islam, Nueva York,
1913, pág.
144). Los cristianos a
menudo declaraban preferir el gobierno musulmán al cristiano
(citado por S. Lane-Poole, Story of the Moors in Spain, Nueva York,
1889, pág.
47). Un autor cristiano de la época de Abderrahmán II, llamado Álvaro
(siglo IX), en su manuscrito homónimo, dice lo
siguiente: «Mis
correligionarios se complacen en leer las poesías y las novelas de
los árabes:
estudian los escritos de los filósofos y teólogos
musulmanes, no para refutarlos, sino para formarse una dicción
arábiga
correcta y elegante. ¡Ay!, todos los jóvenes
cristianos que se distinguen por su talento, no conocen más
que la lengua y literatura de los árabes, reúnen
con grandes desembolsos inmensas bibliotecas, y publican dondequiera
que aquella literatura es admirable. Habladles por el contrario, de
libros cristianos, y os responderán con menosprecio
que son indignos de atención. ¡Qué
dolor! Los cristianos han olvidado hasta su lengua, y apenas entre mil
de nosotros se encontraría uno que sepa
escribir como corresponde una carta latina a un amigo; pero si se
trata de escribir árabe,
encontrarás multitud de personas que se expresan en esta lengua
con la mayor elegancia, desde el punto de vista artístico,
a los de los mismos árabes» (De El
manuscrito de Álvaro,
en la España Sagrada, por Flórez, Risco, etc.
2da. edición,
47 vols., Madrid, 1754-1850, págs. 273-275. Citado
por R. Dozy, Historia de los musulmanes de España. O. cit., Tomo
II, págs.
92 y 93). Los muladíes
A partir del siglo
VIII, muchos hispanorromanos y visigodos se convierten al Islam, y son
denominados muladíes
(del término muwallad "converso"), si son descendientes de
matrimonios mixtos, y musálima, si se han
convertido por propia convicción. Estos últimos
serán cada días más, quedando los
auténticos mozárabes como una minoría. Estos muladíes,
musulmanes como los árabes y los
bereberes, se abrieron camino en la sociedad andalusí reivindicando su
igualdad, en tanto musulmanes, con los árabes. LAS LENGUAS DE AL-ÁNDALUS
Al-Ándalus,
la Península Ibérica en época musulmana, ofrece un fenómeno
de polilingüismo. La lengua oficial fue el árabe clásico,
la lengua del Sagrado Corán y la literatura,
estandarizada por las escuelas filológicas árabes
y común a todo el Dar al-Islam ("Morada del Islam", el territorio islámico),
que se impuso en la Península Ibérica
donde la lengua de la administración visigótica
y la cultura era el latín, mientras que sus
pobladores hablaban un protorromance que los investigadores europeos
del siglo XIX denominaron mozárabe. El hecho de
que los árabes,
además de la lengua estandarizada de la religión y la cultura,
trajesen sus propios dialectos árabes, motivó
la creación de un dialecto árabe peninsular,
llamado dialecto hispano árabe o andalusí,
analítico y con romancismos especialmente léxicos, aunque también fonológicos
y morfosintácticos, dado el sustrato románico
de la Penísnula Ibérica. El dialecto árabe
andalusí convive con el protorromance en una situación de bilingüismo
hasta que la lengua mozárabe desaparece o queda en bolsones marginales, pues en
el siglo XII los cristianos de al-Ándalus, es decir,
los mozárabes,
utilizaban los evangelios en árabe o escribían
sus documentos en esta lengua en Toledo, a pesar de ser un ambiente
romanizado. Otra lengua
utilizada en al-Ándalus
es el hebreo, empleado por la comunidad judía andalusí
como lengua litúrgica, y que a
partir del siglo X da una abundante literatura hebrea, aunque los judíos
andalusíes hablaban el árabe y el
protorromance. También hay que mencionar los dialectos bereberes que
pudieron conservar los musulmanes de esta etnia entre ellos, aunque
apenas han dejado huellas en el dialecto andalusí a pesar de ser la
lengua de las dinastías africanas de los siglos XI-XIII, almorávides
y almohades, y no han dejado ninguna huella literaria. La lengua árabe
ha dejado sus huellas en las lenguas románicas peninsulares,
castellano, portugués, gallego y catalán, pero hay que
tener en cuenta que estos préstamos lingüísticos se
produjeron a partir del dialecto andalusí y no del árabe
clásico. El mismo caso es el de los toponimios hispánicos
de origen árabe entre los que se encuentran, además
de los propiamente árabes, siempre a
través del dialectal, los romanos y prerromanos que a menudo se han
arabizado fonológicamente
(por ejemplo, Caput aquae = Qabdaq = Caudete, o han recibido algún
morfema árabe, como el artículo (Alpont). El
caso de Aljubarrota (del ár. al-ÿubb=pozo),
o Aljibe roto, es muy descriptivo. Véase A. Steiger: Contribución
a la fonética del hispano-árabe y de los
arabismos en el íbero-románico y el siciliano, Madrid, 1932. Bibliografía
esencial Agnius, Dionisius
A.: Arab Influence in Medieval Europe, Ithaca Press, Londres, 1996. Arié, R.: España
musulmana (siglos VIII-XV). Vol. III de Historia de España,
dirigida por M. Tuñón de Lara, Labor,
Barcelona, 1984. Cairns, Trevor: Bárbaros,
cristianos y musulmanes, Akal, Madrid, 1990. Calzada, Andres:
Historia de la arquitectura española. Cap. II:
"La arquitectura del Califato de Córdoba y sus
hijuelas", Labor, Barcelona, 1933, págs. 25-40. Camps y Cazorla,
E.: Arquitectura califal y mozárabe, Madrid, 1929. Corrientes,
Federico: Árabe
andalusí y lenguas romances, Mapfre, Madrid, 1992. Chejne, Anwar, G.:
Historia de la España Musulmana, Cátedra, Madrid,
1993. Dozy, Reinhart
Pieter Anne: Historia de los musulmanes en España, 4 vols,
Ediciones Turner, Madrid, 1984. Ettinghausen,
Richard y Grabar, Oleg: Arte y Arquitectura del Islam 650-1250, Cátedra,
Madrid, 1996. Fierro Bello, María
Isabel: La heterodoxia en al-Ándalus durante el
período
omeya, Instituto Hispano-Árabe de Cultura,
Madrid, 1987. Garaudy, Roger: El
Islam en Occidente. Córdoba, capital del pensamiento unitario. Breogan,
Madrid, 1987. Girón,
Fernando: Occidente islámico y medieval,
Akal, Madrid, 1994. Glick, I.F.:
Cristianos y musulmanes en la españa medieval
(711-1250), Madrid, 1991. González
Palencia, Ángel: Historia de la España musulmana, labor,
Barcelona, 1925. González
Palencia, Ángel: Historia de la literatura arábigo-española,
Labor, Barcelona, 1928. Goodwin, Godfrey:
España
islámica, Edit. Debate, Madrid, 1991. Greus, Jesús:
Así vivían en al-Ándalus, Anaya, 1991. Guichard, Pierre;
Al-Ándalus.
Estructuras antropológicas de una
sociedad islámica
en Occidente, Seix Barral, Barcelona,1976. Hoenerbach, W.:
Islamische Geschichte Spaniens, Zurich, 1970. Hole, Edwyn:
Andalus: Spain under the Muslims, Londres, 1958. Imammudin, S.M.:
Some aspects of the socio-economic and culture history of muslim
Spain, 711-1492, Brill, Leiden, 1965. Ibn al-Kardabus:
Historia de al-Ándalus, trad. cast. y notas de Felipe Maíllo Salgado, Akal,
Madrid, 1993. Jayyusi, Salma
Khadra: The Legacy of Muslim Spain, 2 vols., Leiden, 1994. Lévi-Provençal,
Evariste.: España musulmana. Hasta la caída del califato de
Córdoba
(711-1031) Vols. IV y V de Historia de España de Ramón
Menéndez Pidal, Espasa-Calpe, Madrid. 1990. Livermore, Harold:
Orígenes
de España y Portugal, Aymá, Barcelona, 1972. MacCabe, Joseph:
Splendour of Moorish Spain, Londres, 1935. Macnab, Angus: España
bajo la media luna, José J. de Olañeta, Palma de
Mallorca, 1988. Maíllo
Salgado, Felipe: ¿Por qué desapareció
al-Ándalus?,
Cuadernos del Alarife, Editorial Cálamo, Buenos Aires,
1998. Marín,
M.: Individuo y sociedad en al-Ándalus, Madrid,
1992. Pastor de Togneri,
Reyna: Del Islam al Cristianismo. En las fronteras de dos formaciones
económico-sociales,
Península, Barcelona, 1985. Pérès, Henri:
Esplendor de al-Ándalus. Hiperión, Madrid, 1983. Read. J.: The
Moors in Spain and Portugal, Totowa (Nueva Jersey), 1974. Ribera y Tarragó,
Julio: Historia de la conquista de España de Abenalcotía
el cordobés, Madrid, 1926. Rubiera Mata, María
Jesús, Epalza Ferrer, Míkel de, y otros
autores: Introducción a los estudios árabes e islámicos,
Área de Estudios Árabes e Islámicos
de la Universidad de Alicante, Alicante, 1994. Sánchez
de Albornoz, Claudio: "El Ajbar Maÿmua". Cuestiones
historiográficas
que suscita, Facultad de Filosofía y Letras, Buenos
Aires, 1944. —La España
musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales, 2
vols., Espasa-Calpe, Madrid, 1982. Scott, Samuel
Parsons: History of the Moorish Empire in Europe, 3 vols., Filadelfia,
1904. Tomás,
Mario: Abderrahman III. Primer Califa de Occidente. Biblioteca Nueva,
Madrid, 1947. Torres Balbás
L.: Arte hispano-musulmán hasta la caída
del califato de Córdoba, en Ramón
Menéndez Pidal, ed., Historia de España, vol. 4,
Espasa-Calpe, Madrid, 1957, págs. 331-788. —Las ciudades
hispanomusulmanas. Instituto Arabe de Cultura, Madrid, 1985. Towson, Duncan: Los
orígenes
de la reconquista y el reino asturiano, Akal, Madrid, 1987. La España
musulmana, Akal, Madrid, 1990. Valdeavellano, Luis
G. de: Historia de España. De los orígenes
a la Baja Edad Media. Alianza, Madrid, 1980. Vallvé Bermejo,
Joaquín:
La división territorial de la España musulmana, CSIC,
Madrid, 1989. —El Califato de Córdoba,
Mapfre, Madrid, 1994. Vernet Ginés,
Juan: Los musulmanes españoles, Barcelona,
1961. —Al-Andalus. El
Islam en España. Lunwerg, Barcelona, 1992. -------------------------------------------------------------------------------- APENDICE I Texto del pacto de
Teodomiro y Abd al-Aziz Ibn Musa Ibn Nusair, citado por el historiador
hispanomusulmán
Ibn Idarí (que floreció hacia 1270), en su
obra Kitab al-bayán al-mugrib fi ajbar muluk al-Ándalus
wa-l-Magrib, traducida por el profesor Felipe Maíllo Salgado, bajo
el título
La caída del califato de Córdoba y los reyes
de taifas, Salamanca, 1993. En el Nombre de
Dios, el Clemente, el Misericordioso. Edicto de ‘Abd al-‘Aziz ibn
Musa ibn Nusair a Tudmir ibn Abdush (esto es, Teodomiro, hijo de los
godos). Este último
obtiene la paz y recibe la promesa, bajo la garantía
de Dios y su Profeta, de que su situación y la de su pueblo
no se alterará; de que sus súbditos no serán
muertos, ni hechos prisioneros, ni separados de sus esposas e hijos;
de que no se les impedirá la práctica de su religión, y de que sus
iglesias no serán quemadas ni desposeídas de los objetos
de culto que hay en ellas; todo ello mientras satisfaga las
obligaciones que le imponemos. Se le concede la paz con la entrega de
las siguientes ciudades: Orihuela, Baltana, Alicante, Mula, Villena,
Lorca y Ello. Además,
no debe dar asilo a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo;
ni producir daño a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni
producir daño a nadie que goce de nuestra amnistía;
ni ocultar ninguna información sobre nuestros
enemigos que puede llegar a su conocimiento. El y sus súbditos pagarán
un tributo anual, cada persona, de un dinar en metálico, cuatro
medidas de trigo, cebada, zumode uva y vinagre, dos de miel y dos de
aceite de oliva; para los sirvientes, sólo una medida. Dado
en el mes de Raÿab, año 94 de la Hégira
(713 d.C.). Como testigos, ‘Uzmán ibn Abi ‘Abda,
Habib ibn Abi ‘Ubaida, Idrís ibn Maisara y
Abul Qasim al-Mazáli. |
|